Comienza el mes de mayo y mis vecinos, niños y adultos, se reúnen en un ambiente festivo para compartir una celebración cuyos orígenes se remontan a 2016, cuando Andrés Ramírez Solano donó una pequeña imagen de la Virgen del Rosario.
A refugio en un pequeño altar junto a nuestro Torreón, la imagen es llevada en respetuosa procesión hasta la Iglesia de Santo Domingo de Guzmán, oficiándose una misa y celebrándose una verbena popular, en la que la música y la gastronomía comparten protagonismo.
No obstante, uno de los momentos más emotivos, de los que más disfruto, es cuando, llegada la tarde, los niños toman el relevo de sus adultos y protagonizan una emotiva procesión de regreso al Torreón, en la que el perfil de la Virgen del Rosario se superpone a las vistas, siempre espectaculares, del Valle del Genal y mías.